La
niña andaba por el bosque.
La
niña andaba por el bosque porque le gustaba pasear.
Le
gustaba pasear entre árboles siniestros.
Árboles
siniestros la miraban al pasar.
Al
pasar por un lago vio el agua vibrar.
Vio
el agua vibrar porque un pez muerto había empezado a flotar.
“Flotar
en el agua es divertido” pensó la niña y echó a andar.
Echó
a andar por un sendero.
Un
sendero oscuro y siniestro.
Siniestro
como los árboles, aquellos que había dejado atrás.
Había
dejado atrás el lago.
El
lago en el que flotaba la muerte.
La
muerte paseaba por el bosque.
Por
el bosque buscaba a una amiga.
Una
amiga como ella, que apreciara lo siniestro.
Siniestro,
eso eran los árboles y siniestro era el sendero.
El
sendero por donde caminaba la niña.
La
niña que estaba sola.
Sola
se encontraba la muerte.
La
muerte en el bosque vio a la niña.
La
niña a la que le gustaba pasear entre árboles siniestros.
Árboles
siniestros que obedecían a la muerte.
A
la muerte le gustó la niña, ella sería su amiga.
Su
amiga no podía estar viva.
Viva
como la niña que andaba entre árboles siniestros.
Árboles
siniestros que extendieron sus raíces.
Sus
raíces arrugadas que hicieron tropezar a la niña.
La
niña que era amiga de la muerte.
La
muerte que había querido una amiga.
Una
amiga que debía estar muerta.
Muerta
como su nueva amiga, la niña caminante.
Caminante
por el siniestro bosque.
El
siniestro bosque que ahora era su hogar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario