sábado, 25 de agosto de 2012

Paseo por el bosque


La niña andaba por el bosque.
La niña andaba por el bosque porque le gustaba pasear.
Le gustaba pasear entre árboles siniestros.
Árboles siniestros la miraban al pasar.
Al pasar por un lago vio el agua vibrar.
Vio el agua vibrar porque un pez muerto había empezado a flotar.
“Flotar en el agua es divertido” pensó la niña y echó a andar.
Echó a andar por un sendero.
Un sendero oscuro y siniestro.
Siniestro como los árboles, aquellos que había dejado atrás.
Había dejado atrás el lago.
El lago en el que flotaba la muerte.
La muerte paseaba por el bosque.
Por el bosque buscaba a una amiga.
Una amiga como ella, que apreciara lo siniestro.
Siniestro, eso eran los árboles y siniestro era el sendero.
El sendero por donde caminaba la niña.
La niña que estaba sola.
Sola se encontraba la muerte.
La muerte en el bosque vio a la niña.
La niña a la que le gustaba pasear entre árboles siniestros.
Árboles siniestros que obedecían a la muerte.
A la muerte le gustó la niña, ella sería su amiga.
Su amiga no podía estar viva.
Viva como la niña que andaba entre árboles siniestros.
Árboles siniestros que extendieron sus raíces.
Sus raíces arrugadas que hicieron tropezar a la niña.
La niña que era amiga de la muerte.
La muerte que había querido una amiga.
Una amiga que debía estar muerta.
Muerta como su nueva amiga, la niña caminante.
Caminante por el siniestro bosque.
El siniestro bosque que ahora era su hogar.

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