sábado, 23 de julio de 2011

Algo que escribí hace tiempo...

Hoy he ido a trabajar al bar como cada día. Creía que iba a ser un día como cualquier otro, pero supe que no iba a ser así en cuanto él clavó en mí su mirada. Era un hombre muy guapo de unos 30 años, estaba sentado en la barra delante de una taza de café y me miraba fijamente, tenía los ojos de un color gris que nunca antes había visto. Su mirada me hería como si me clavaran estacas hechas de hielo. Tuve miedo y él me observó más detenidamente con sus gélidos ojos. Empezó a temblar y se me resbaló la bandeja que llevaba de entre las manos. Sentí como la adrenalina corría por mis venas avisándome del gran peligro que corría. Vi cómo se levantaba sin apartar la mirada de mi rostro, di un paso hacia atrás asustada. Creo que mi jefe me intentaba llamar la atención, pero no me estaba percatando de nada excepto de los movimientos de aquel hombre, se acercó un paso hacia mí y yo rompí a correr presa del pánico e ignorando las caras sorprendidas de las demás personas.
 Corrí sin descanso hasta mi casa, sin fijarme si alguien me seguía o no. Me encerré en mi cuarto acurrucada en un rincón mientras temblaba convulsivamente. Entonces fue cuando lo escuché; un ruido casi imperceptible, un ligero paso en el pasillo. De repente todo mi cuerpo se tranquilizó, supe lo que se me venía encima e, inconscientemente, decidí dejar de luchar.
En ese momento se abrió la puerta de mi cuarto y miré a aquel hombre, pasiva, sin ganas de resistir. Entonces el hombre se acercó a mí y cuando estaba a menos de un metro de distancia su cuerpo se desplomó, dejando tras de sí una especie de forma nebulosa. Tuve miedo y me puse nerviosa, pero el cuerpo me cerraba el paso, intenté escapar y esa niebla me seguía, lo noté, estaba entrando en mi cuerpo. Finalmente se apoderó de mí y vi como mi cuerpo se movía sin que yo lo impulsara, fue hasta mi cuarto y mi cabeza bajó hasta ver a aquel hombre desplomado en el suelo, empezaba a despertar, vi sus ojos, de un verde intenso, mirarme horrorizados. Lentamente observé mi pie colocarse sobre el pecho del hombre y, con una leve presión, oí un horrible ruido, oí como sus costillas se partían bajo mi pie. El hombre estaba muerto y yo estaba atrapada y sin poder controlar mi propio cuerpo, que se movió hasta el espejo, observé horrorizada como mis ojos marrones ahora eran grises y fríos y mientras obsevaba los cambios efectuados en mi aspecto, ese cuerpo, el que era mi cuerpo, me miró y sonrió gélidamente.     

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